“Era todo lo que quieres que sea. Y luego, todo aquello que desearías no haber deseado jamás. Era ese delicioso picor que intentas rascarte, pero descubres que está bajo la piel, que no puedes alcanzarlo. Así que ese delicioso picor se vuelve insoportable. Te dice que lo que más deseas es lo que menos puedes tener. Y lo que menos puedes tener es lo que ya tuviste… y perdiste… Era la canción de todas las promesas que no logré cumplir. Y me decía que, en realidad, no quiero volver a casa”.
Con estas palabras Odiseo describe el canto de las sirenas cuando uno de sus hombres le pregunta cómo es. Este parlamento no pertenece a Homero, sino al guión de La Odisea, el drama épico de Christopher Nolan recientemente estrenado en los cines (y que tanto debate ha generado en torno a sus diferencias con el poema griego).
Dejando de lado la polémica, esta escena es una de las más logradas y conmovedoras de la película.
La advertencia de Circe
Las sirenas eran criaturas con rostro de mujer y cuerpo de ave que vivían en una isla llena de huesos y atraían a los marineros con su hipnótico y mortal canto. Habiendo sido advertido por Circe, la hechicera, Odiseo le ordena a su tripulación taparse los oídos con cera para no escucharlas. Pero él se hace atar al mástil y pide que no lo liberen, por mucho que les ruegue. Un ingenioso plan que lo convierte en el único hombre capaz de haberse expuesto a esos hermosos cantos… y vivir para contarlo.
¿Qué prometía esa sobrenatural melodía para torcer engañosamente la voluntad de hombres fuertes y determinados? Conocimiento absoluto, humano y divino, acerca del pasado, el presente y el futuro. Felicidad, paz, placer eterno. Lo imposible, en suma: la completud total.
“Goce” de principiantes
Algo de esta tentación irresistible -y destructiva- evoca un concepto central del psicoanálisis: el de “goce”. Una forma de satisfacción paradójica e inconsciente, ligada precisamente a aquello que produce malestar. Este término fue introducido por Lacan, al retomar y profundizar lo postulado por Freud en “Más allá del principio del placer” (1920).
El goce se manifiesta como una compulsión a repetir conductas que hacen daño, pero de las que el sujeto no se puede apartar: recae en ellas de manera casi inevitable, aun cuando se había propuesto no volver a hacerlo. Como una vieja y fallida atracción que se reitera y que fatalmente produce dolor. Ese dolor que experimentó Odiseo al descubrir que, aunque quería volver a casa, al mismo tiempo… no quería.
A causa de este “síntoma” -que desde luego cumple una función en el psiquismo- la persona llega a la consulta psicoanalítica: la relación “tóxica” a la que retorna sin remedio, la tendencia a procrastinar que le impide avanzar en sus estudios o en su trabajo, los hábitos dañinos que quiere abandonar porque comprometen su salud… Enojado, frustrado y con culpa, el paciente se pregunta: “¿por qué sigo haciendo lo mismo, por qué no logro cambiar?”.
Y no hay cera para tapar los oídos, nadie que lo ate a un mástil. Pero existe otra posibilidad: mediante el trabajo analítico, hacer consciente aquello que lo lleva a repetir, una y otra vez, lo que le produce sufrimiento.